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Cuartos: 1

CONOCE GUERRERO

Guerrero En la Independencia: La Hazaña Suriana

Los criollos, a su vez, se concentraron en las actividades relacionadas con la producción agrícola y artesanal, que eran modestas, casi insignificantes, si se les compara con el dinamismo económico de las transacciones asiáticas por el puerto de Acapulco y con la explotación minera en Taxco.

Las actividades agrícolas se dedicaron, sobre todo, a las plantaciones de algodón, caña y cacaotales; en tanto, las artesanales se aglutinaron en fábricas y talleres de hilados y tejidos, cerca de la costa. Para los mestizos sólo quedó la humilde actividad económica de la arriería. En tanto, en el escalón más bajo de la estratificación social se encontraba una significativa pero decreciente población de indígenas y una cada vez mayor de negros que trabajaban en calidad de esclavos o semiesclavos. A ellos se sumaba la población proveniente de Filipinas, muy numerosa en Acapulco. Tanto negros como filipinos llegaron a estas tierras como producto del tráfico humano destinado a cubrir la insuficiente mano de obra indígena, diezmada por la despiadada explotación y las enfermedades importadas por los conquistadores.

Así, la región entro en una dinámica desigual, ya que mientras algunas poblaciones se mantuvieron en un ámbito puramente local, otras, como Acapulco, Iguala y Taxco, se convirtieron en centros comerciales para unir a la costa, las zonas mineras y la ciudad de México. Más aún, a través de las triangulaciones comerciales del imperio español, estas regiones guerrerenses se enlazaron con las economías más relevantes del mundo. Pese a lo sinuoso de los escasos caminos, Taxco y Acapulco se fueron convirtiendo en importantes centros del proceso económico novohispano.

El territorio que actualmente es Guerrero perteneció, hasta el siglo XVIII, al extremo sur de las provincias de México, Michoacán y Puebla. Con el advenimiento del régimen de intendencias, producto de las reformas borbónicas que abolieron las republicas de indios, este territorio paso a formar parte de las intendencias de Valladolid, México y Puebla.

Aun cuando el puerto de Acapulco no alcanzó el título de ciudad sino hasta 1799, desde muy temprano tuvo una gran importancia comercial. Fundado el 30 de junio de 1532, cuando Diego Hurtado de Mendoza partió a explorar el mar del Sur, en 1565 se convirtió en la terminal comercial de la navegación asiática; la feria que celebraba la llegada del embarque oriental se contaba entre las más importantes de su época; era una frontera colonial en la que se daba pie a intercambios mercantiles y culturales. De 1565 a 1821, entre julio y agosto, salió de Filipinas, una o dos veces al año, el memorable Galeón de Manila, mejor conocido como la Nao de China. Esta embarcación era comandada por un oficial de la marina española y alcanzaba hasta dos mil quinientas toneladas de carga; en el viaje de ida metales y pasajeros; en el de venida, camisas de algodón, medias de ceda, telas teñidas, seda cruda, especias, perfumes y platería, provenientes de los mercados orientales.

El viaje era sinuoso y azaroso, las rutas que se tomaban para llegar  a las colonias americanas presentaban serios problemas de navegación por la alternancia de corrientes frías y cálidas, además de los vendavales, frecuentes en la zona, que perjudicaban la direccionalidad del navío. Así, se producían amplias  desviaciones; sin embargo, todos los años la Nao de China atracaba en Acapulco. Con el paso del tiempo, los viajes se hicieron más fáciles debido a la aplicación de la estrategia de bordados en el velamen de las naves para utilizar los vientos de mejor forma y aprovechar las corrientes occidentales y septentrionales. El desarrollo tecnológico que implico el intercambio comercial tuvo repercusiones en la marina mundial, tanto en el diseño de las naves como en la instrumentación de la navegación.

Con el arribo de la Nao de China o Galeón de Manila se celebraba la feria de Acapulco, donde se llevaba a cabo el intercambio comercial. En el litoral Pacifico de la Nueva España, este navío echaba anclas, primero, en el puerto de Manzanillo, Colima, donde se repostaba y mandaba aviso, por relevos, a la ciudad de México, de su próximo arribo a Acapulco. La ocasión se avisaba echando al vuelo las campanas de las iglesias, y el virrey determinaba el tiempo de duración de la feria de Acapulco. Esa instrucción marcaba el inicio del desplazamiento de comerciantes de toda la Nueva España hacia Acapulco, en particular desde la ciudad de México y Puebla; este viaje duraba aproximadamente quince días, todo con el fin de acaparar el preciado cargamento. Era tal la euforia que provocaba la llegada de la Nao, que muchas veces se compraban los bultos de mercancía sin siquiera abrirlos. Todo este ritual inyectaba enormes cantidades de recursos a la economía del territorio suriano.

Vale la pena señalar el contrabando que ocurría alrededor de la llegada de la Nao de China. En aquella época no era desconocida esta actividad; sin embargo, desde la óptica del comercio de España, el contrabando de flotas resultaba benéfico, en la medida en que lo llevaban a cabo los mismos españoles. Esto  no ocurría, en cambio, con el contrabando traído en la Nao, ya que, a diferencia del de flotas, era perjudicial por la competencia que generaba, pues las sedas, brocados y porcelanas orientales, aun cuando de mejor calidad que las locales, resultaban de menor costo.

Muchas fueron las protestas por parte del gobierno gaditano, que veía un constante peligro en la entrada de productos filipinos, chinos y japoneses y su aceptación por parte de los habitantes de la Nueva España; pese a las prohibiciones y los llamados de la Corona a respetar los acuerdos comerciales, nada se pudo hacer contra el intercambio que en los hechos se dio durante el tiempo que la Nao atracó en las costas de Acapulco.

En febrero o marzo del año siguiente, la Nao de China partía del puerto de Acapulco cargada con más de un millón de pesos en barras de plata y un conjunto variopinto de pasajeros: desde miembros de las órdenes religiosas hasta reclutas para el ejercito, sin faltar comerciantes, funcionarios y comisionados de la corona; los primeros, para la evangelización de las Filipinas, los demás, para el sostenimiento del imperio español.

Dada la distancia que se tenia que recorrer, los problemas de navegación que se debían sortear y las circunstancias propias para anclar en el puerto, los saqueos al Galeón de Manila resultaban trascendentes y afectaban el comercio novohispano. De entre ellos, el más recordado es el de 1586, ejecutado por el corsario inglés Tomas Cavendish, apodado Candi, quien después de atacar algunos pueblos en las costas del pacifico, interceptó a la Nao, en su travesía a Acapulco, y la saqueó; Cavendish regresó a Plymouth, Inglaterra, con el botin en septiembre de 1588. Por aquella época, la reina Isabel I tenia la costumbre de condecorar a quienes realizaban este tipo de hazañas: Candi no tuvo ese honor.

No obstante, hay que hacer notar que más allá de la feria de Acapulco, la actividad comercial del puerto era muy escasa. El historiador Carlos Illades señala: “La actividad comercial en el puerto guerrerense se reducía a la presencia del Galeón de Manila, al cabotaje con las zonas costeras de Guatemala, San Blas y Zacatula y a los cuatro o cinco barcos que anualmente viajaban hacia Lima y Guayaquil”.

Cabe señalar que el puerto no solo era comercio. En su breve historia de Guerrero, Illades comento: “Alexander von Humboldt, el gran geógrafo de la ilustración europea, desembarco en Acapulco en marzo de 1803, después de una travesía de treinta y tres días iniciada en Guayaquil a bordo  de la fragata Orúe”. De esta visita dejó un bellísimo testimonio: “según él, se asemejaba a una enorme concha granítica, de más de seis kilómetros de ancho, que tenia en medio una pequeña isla de nombre Roqueta. De granito estratificado y lechos inclinados irregularmente, estas costas peñascosas le aprecian –anota Illades- tan escarpadas que cualquier embarcación podría rebasarlas sin correr riesgo alguno, pues en todas partes había diez o doce brazas de fondo”. Humboldt expresó su atracción por el puerto de Acapulco con las siguientes palabras: “Pocos sitios he visto en ambos hemisferios que representen un aspecto más salvaje, y aún diré más lúgubre y romántico”.

Por otra parte, el territorio suriano se vinculó a la economía europea mediante el aporte –a través de España- de una gran cantidad de metales preciosos. En este tipo de exportación, las minas de Taxco tuvieron una gran importancia. En esta localidad existían tres reales. Hay que recordar que los pueblos mineros que tenían una población significativa de españoles recibían este nombre. Esos tres reales eran: Tetelcingo, Cantarranas y Tenango. Comenta Illades:  ”Tras las primeras exploraciones, los encomenderos enviaron cuadrillas de esclavos a explotarlas. Los mismo ocurrió en Zultepec, que, además de plata, producía cobre, plomo, estaño y alcaparrosa. En Coyuca se encontró cobre; en Zumpango del Rio, plata, cobre y hierro; en Chiautla había plata; en Ixcaputzalco, oro; en Chilapa, plata y cobre; en Tetela del Rio, cobre; en Ayacaxtla, plata y oro; en Xicayán, plata, plomo y cobre. Los lavaderos de oro proliferaron en los ríos de las costas”.

Los metales extraídos del territorio guerrerense no solo fueron un factor importante en el mercado europeo, sino que también permitieron que la economía local tuviera un cierto dinamismo, en gran medida porque la producción minera necesitaba de diversos elementos para su labor: fuerza de trabajo y materia prima. Por ejemplo, la sal necesaria en el método de amalgamación de la plata era provista por Ocotlán, Igualtepec y Tehuantepec; al mismo tiempo que el mercurio, otro insumo necesario en la producción de plata, era abastecido por España y Perú.

En cuanto a la fuerza de trabajo, los pueblos indios apoyaban la producción en calidad de asalariados, mientras que los negros, en calidad de esclavos, eran los mas sacrificados por la economía minera. Además, en los alrededores de Iguala se producían alimentos (maíz, pescado y legumbres, principalmente) que, sumados al carbón, iban a parar a los reales de Taxco. En contraste, Chilapa y Tlapa, en la región oriental, quedaron al margen de la economía minera.

Si bien Guerrero fue apreciable en la economía novohispana, en términos arquitectónicos también alcanzó logros que pasaron a la historia. En este sentido, no se puede dejar de mencionar una de las construcciones artísticas más significativas del churrigueresco: el templo de Santa Priscal, en Taxco.

El personaje central de esta historia fue Jose de la Borda, quien, a decir de muchos, fue el mas prestigiado y famoso ciudadano del Real de Minas de Taxco, y a mediados del siglo XVIII, en plena madurez, era increíblemente rico, religioso en extremo, adicto al trabajo, experto en la técnica minera, autoritario y referente moral.

Llegado de España como un trabajador en minas, sin demasiada educación formal, entró en propiedad de la mina que le heredó un hermano, la cual, gracias a su dedicación al trabajo, aderezada con un poco de suerte, pudo convertir en un emporio. Borda alcanzo el éxito en prácticamente en todos los aspectos de su vida, pero, fiel a las tradiciones y a la ley suprema del cielo, sintió la obligación de construir un templo que demostrara su inquebrantable fe y su compromiso con el Dios de su fe. Estos elementos diferencian a Borda de otros contribuidores de obras pías y le agregan significado a las obras que edificó.

Sin menoscabo de la honesta religiosidad de Borda, no se pueden dejar de lado las motivaciones personales que lo llevaron a desarrollar tan ambicioso proyecto. Con la construcción de Santa Prisca, Borda “…se proclamaba ante los ojos de la Nueva España (como) el burgués, el hombre que llegó pobre al país, convertido en el Fénix de los Mineros, tenía y podía mas que nadie y levantaba, él solo, un templo incomparable, muy por encima de todos los que la antigua aristocracia había pagado hasta entonces. Su poder material y moral, su popularidad, su superioridad, quedaban patentes e inmortalizadas en aquella obra. Borda el favorito de Dios a pesar de su cuna mediocre, de su incultura, se elevaba así por sobre la sociedad novohispana sin que nadie pudiera menos que admirarlo y muchos, envidiarlo”, explica Illades.

El mensaje que enviaba Borda era claro y ambicioso; por ello, las autoridades decidieron poner algunas condiciones que comprometieron al Fénix de los Mineros a concluir el proyecto. Para cumplir dichas condiciones, tuvo que hipotecar sus bienes y asegurar que en caso de morir antes de terminar la obra, sus descendientes la continuarían hasta concluirla.

Una vez que se acordó lo anterior, la construcción de Santa Prisca se inicio en 1751 y se termino ocho años después, con Cayetano Sigüenza como arquitecto principal. Borda se había asegurado la total libertad en la elección de los materiales y piezas anteriores. En el momento de recibir el permiso del virrey para iniciar la construcción, el Fénix de los Mineros ya contaba con la estrategia que seguiría para edificar su parroquia. Por los registros con que se cuenta, “es evidente que la obra proyectada a manos llenas, derramó dinero y constituyó una fuente de ingresos para muchos, durante ocho años de intenso trabajo”, relata el historiador Illades. La conclusión del sueño burgués de José de la Borda alcanzo su máxima expresión cunado Manuel de la Borda, su hijo se hizo cargo del templo como cura párroco. De esta manera, don José pudo ver su iglesia terminada y a su hijo en el púlpito, ambos con la venia del Seños.