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Cuartos: 1

CONOCE GUERRERO

Guerrero en la Revolución: Entre Rancheros y Zapatistas.

Para comprender a la Revolución mexicana es imprescindible caracterizar el Porfiriato bajo su propia consigna de Orden y progreso. Para lograr el orden, Díaz se apoderó del ámbito político de los estados e instaló a sus amigos como gobernadores y destruyó a quienes se opusieron; concedió facilidades a los terratenientes y caciques a cambio de su adhesión; esto es, supo interpretar y negociar las ambiciones e intereses de los hombres fuertes de las regiones  en términos que acrecentaron el ejercicio del poder centralizado. A la clase media intelectual la sumó a la burocracia gubernamental y el servicio exterior, la transformó de opositora potencial a élite político-intelectual identificada con el régimen. Con respecto al clero, aplicó una política conciliadora. Por su parte, a los obreros y campesinos, marginados del ámbito de los privilegiados, se les ignoró sistemáticamente en tanto se mantuvieron en calma, y cuando exteriorizaron su descontento, fueron reprimidos de forma brutal, sin consideración alguna. Para lograr el progreso, el régimen de Díaz se alió sobre todo con los capitalistas extranjeros, a quienes dio facilidades en el sector minero, en el acopio latifundista de tierras y en el comercio. Así favoreció el desarrollo económico del país con inversiones extranjeras y construyó la infraestructura que comunicó al país, agilizó las fuerzas productivas y generó nuevas relaciones sociales de producción. En pocas palabras, Díaz utilizó la fuerza para imponer la paz y ésta, a su vez, para poner los cimientos del desarrollo económico; todo ello sirvió para alcanzar la unidad nacional, al menos políticamente hablando, ya que ella dependía de forma exclusiva de un solo hombre.

La centralización y concentración de poder en Díaz significó invalidar la división de poderes, el pacto federal y las reglas de acceso al poder. Sin embargo, el creciente descontento, la avanzada edad del dictador y la falta de mecanismos políticos para la sucesión presidencial condujeron al país hacia la rebelión de 1910. Esta se constituyó en un movimiento nacional que articuló fuerzas políticas y sociales – algunas hasta contradictorias- que compartían el objetivo común de derrocar al dictador. El sentimiento regionalista, consecuencia de las políticas del país de un solo hombre, junto con las demandas democráticas y de justicia social, nutrieron la hoguera que depuso a Díaz; esto es, la confluencia de viejos agravios entre la periferia y el centro nunca se resolvió y fue el sustento de la revolución.

El movimiento revolucionario fue dirigido por la pequeña burguesía la clase media, con el apoyo de los obreros y los campesino, en contra de los ricos hacendados y el sector de la burguesía ligada al capital extranjero, los cuales resultaron los más favorecidos durante el régimen de Díaz. Así pues, en la Revolución confluyeron el desgarramiento de la clase dominante y la articulación de las clases dominadas. Por tanto, la revolución se presentó como un doble movimiento, que en su decurso quedó definido por dos planes: 1) el de Ayala, con la consigna de Tierra y libertad, el cual representó la reacción de distintas clases a la expansión de las grandes haciendas y retomó el añejo conflicto que privaba entre los pueblos y la propiedad privada de grandes extensiones de tierras, y 2) el de San Luis, con la bandera de Sufragio efectivo, no reelección, que planteó el apego irrestricto a la Constitución liberal de 1857, la reimplantación del gobierno constitucional con el predominio del Congreso, el respeto a la soberanía de los estados de la federación, la observancia irrestricta de las garantías individuales y la celebración de elecciones libres.

Una vez vencido el enemigo común primero Díaz  y luego Victoriano Huerta, empezó un nuevo periodo de actividad armada: se enfrentaron las fuerzas contradictorias de la misma Revolución. Para 1914, las dos corrientes, la política y la agraria, encarnadas con el constitucionalismo (carrancistas) y en el convencionismo (villistas y zapatistas), respectivamente, se enfrascaron en una guerra civil por la disputa de la conducción del país. En Guerrero, el pueblo en su momento se unió en contra de Díaz, al igual que ocurrió en el ámbito nacional, pero también, con el decurso del tiempo, se presentó aquella división revolucionaria, y entonces los guerrerenses hicieron su propia revolución. Así, si bien en términos generales las fuerzas contradictorias de la Revolución estuvieron representadas en Guerrero, a esta situación se sumaron las querellas locales. Hubo una revolución guerrerense dentro de la gran Revolución mexicana. El historiador inglés Ian Jacobs, en su obra la Revolución mexicana en Guerrero, ha dicho: “Hablando en términos generales, fueron tres los principales temas que caracterizaron a la Revolución mexicana en Guerrero. El primero fue la relación entre las fuerzas locales y el gobierno central. El segundo fue la fragmentación de la revolución, tanto en lo geográfico como en lo generacional. El tercero fue el papel de los sectores medios, y en particular de un grupo tristemente desdeñado en la historiografía mexicana: el ranchero o pequeño propietario”.

Como se observó ya, la relación entre las fuerzas locales y el centro político del país fue medular en el siglo XIX; en Guerrero fue la era del cacicazgo, adversario natural del poder central que se esforzó en forjar un moderno Estado-nación. Si bien el poder de los caciques fue socavado continuamente, el conflicto entre la periferia y el centro no se resolvió, y pasó a  ser un tema principal del periodo revolucionario en el estado. Hay que decir que la fragmentación del movimiento revolucionario en Guerrero fue consecuencia de la lucha caciquil del siglo XIX contra la centralización; los herederos de esta lucha fueron los rebeldes de 1911-1917. Al igual que los caciques, los jefes revolucionarios demarcaron su territorio, su área de influencia, que constituía el cimiento de su fuerza y su retaguardia en tiempos de adversidad. Pero la fragmentación no solo fue geográfica sino también generacional: los caciques rancheros que enfrentaron a Díaz y Huerta o Carranza y Zapata no tardaron en ser relegados por jóvenes políticos civiles.

En Guerrero las fuerzas revolucionarias estuvieron representadas de la siguiente forma: los maderistas-constitucionalistas fueron dirigidos por los hermanos Figueroa (Ambrosio, Francisco y Rómulo), con bases sociales en el centro y norte del estado; los zapatistas-agraristas estuvieron liderados por Jesús H. Salgado con asientos populares en Tierra Caliente. Cabe mencionar un tercer bloque controlado por Silvestre Mariscal, que dominó en la región costera, y circunstancialmente hizo alianza con las diferentes facciones de la revolución: maderistas, huertistas, carrancistas y zapatistas, todos fueron sus aliados en uno u otro momento.

En este contexto, la clase media ranchera desempeñó un papel crucial; ahí destacó la emprendedora familia Figueroa en Huitzuco, al norte de Guerrero, e iniciadora de la Revolución en Guerrero. Hay que subrayar que Huitzuco poseía una mina de mercurio muy productiva, propiedad de Manuel Romero Rubio, suegro de Díaz. Dada la importancia de la mina, su administrador ejercía el poder real en la zona; su administrador fue hasta 1884 un futuro gobernador del estado: Antonio Mercenario. La participación de los Figueroa en la lucha revolucionaria devino de las limitaciones políticas y económicas impuestas por el Porfiriato. De hacho, esta familia había participado ya en el movimiento precursor acaudillado por Castillo Calderón, quien como ya mencionó se adhirió a las filas maderistas en 1911. Entre los revolucionarios que estuvieron activos en aquella campaña se puede citar a Eucaria Apreza, terrateniente de Chilapa, que por un lado financiaba a los maderistas y por el otro perseguía a los líderes agraristas; Salustio Carrasco Núñez, abogado y político, y un grupo de Tepecoacuilco dirigido por el maestro Gonzalo Ávila Díaz. Todos de clase media y que no dudaron en simpatizar activamente con el movimiento maderista. A sus filas se sumaron hombres como los licenciados Matías Chávez, de Quetzalapa, y Jose Inocente Lugo, de Tierra Caliente; los estudiantes Miguel F. Ortega y los hermanos López, hijos de un poeta de la Unión.

Es irónico que quienes le hicieron frente al viejo régimen fueron producto del cambio social forjado por ese mismo sistema. Rancheros que pudieron adquirir tierras por la desamortización de propiedades comunales de las aldeas, maestros de escuela, abogados y comerciantes del pueblo cuyo número había crecido gracias a la expansión económica general del Porfiriato, así como un pequeño número de hacendados, se sentían agraviados por la restricción de acceso al poder público que les imponía el sistema político porfiriano, y acabaron por volverse contra el régimen que los había creado”, puntualizo el historiador Ian Jacobs.

Las primeras manifestaciones formales del apoyo guerrerense al movimiento de Madero se expresaron con la creación del Club Juan Álvarez, en una reunión realizada en casa de Andrés Figueroa. Ésta fue la única organización política formal que Octavio Bertrand, comisionado maderista, logró formar en esa etapa y fue el único club del estado que nombro un delegado a la Convención Antirreeleccionista, en la que Francisco I. Madero fue proclamado candidato a la Presidencia de la Republica. Posteriormente, Bertrand volvió a visitar Huitzuco, esta vez con vistas a planear una insurrección más que organizaciones políticas legales. En esta etapa los hermanos Figueroa surgieron más claramente como dirigentes; esto es, se posicionaron al mando del movimiento maderista en el estado. Otros guerrerenses manifestaron su ánimo de entrar a la confrontación pero no tuvieron éxito; entre ellos se puede mencionar a Delfino Castro Alvarado, quien intentó montar un levantamiento en Tepecoacuilco; Vicente J. González y Miguel F. Ortega, financiados por la terrateniente Aucaria Apreza, dirigieron dos grupos estudiantiles con el fin de iniciar rebeliones en Chilapa y Ayutla.

Si bien la Revolución empezó en noviembre de 1910, los maderistas guerrerenses fueron tardos en alzarse: en febrero de 1911 se iniciaron las hostilidades revolucionarias en Guerrero, con la proclamación del manifiesto al Pueblo Suriano, donde se denunciaban todos y cada uno de los agravios del viejo régimen. Más adelante, el 25 de ese mismo mes, Ambrosio Figueroa, en una proclama en Atenango, señaló: “Ha llegado el momento en que el pueblo mexicano, sacudiendo el vergonzoso letargo en que se le ha obligado a vivir por más de treinta años, se levante digna y enérgicamente pidiendo con la ley y las armas en la mano, la caída del actual presidente de la Republica, ciudadano general Porfirio Díaz, como principal responsable de la situación actual…”. Ante esta relevancia, Ambrosio Figueroa fue nombrado jefe nato del Ejército Libertador del Sur; en abril de ese año, en una entrevista entre Figueroa y Emiliano Zapata se firmó el Pacto de Jolalpan, donde se definió con claridad que Zapata tendría el mando de todas las fuerzas revolucionarias en Morelos, misma cualidad que tendría Figueroa en Guerrero.

Por su parte, Julián Blanco se sublevó y extendió el movimiento maderista en el centro del estado; en tanto, Jesús H. Salgado, en la costa, Silvestre G. Mariscal, en Atoyac, Juan Andrew Almazán, en Tlapa y Enrique Añorve, en Ometepec, hicieron lo propio: en menos de tres meses controlaron las principales plazas guerrerenses, mayormente por las acciones militares de los Figueroa y Blanco, que por su cuenta habían logrado tomar Iguala y Chilpancingo, respectivamente.

Para mediados de mayo el control del estado estaba de facto en manos de los insurrectos, lo que les permitió efectuar una junta de jefes militares rebeldes, aunque a ella faltaron representantes de figuras tan relevantes como Julián Blanco, Enrique Añorve y Silvestre G. Mariscal. Estas ausencias permitieron que los Figueroa y sus aliados dominaran la reunión. Ahí se eligió como gobernador provisional a Francisco Figueroa, quien al poco tiempo fue ratificado por Madero. De esta forma se inició un nuevo cacicazgo en la entidad, que sustituyó a la influencia y poder regional de los Álvarez; así, el destino de Guerrero quedo atado nuevamente a una familia.

El zapatismo, que intentó recuperar las tierras comunitarias usurpadas y poner en práctica una visión milenaria de democracia pueblerina imposible de entender ni tolerar por los maderistas-, tuvo presencia en Guerrero con Jesús H. Salgado. Este no quedo conforme con la designación de Francisco Figueroa, y se levantó en armas en su contra, al igual que con su sucesor en la gubernatura, José Inocente Lugo; sin embargo, Salgado todavía no se definía con zapatistas. Además, se puede mencionar como figura zapatista en la región a Pablo Barrera, quien conminó a los campesinos de Tepecoacuilco a no pagar rentas a los propietarios de las tierras.